NO TODO BUEN PAGO COMPENSA UN MAL TRATO
Esta historia nos la compartió una trabajadora que estuvo cerca de nueve meses laborando en un restaurante ubicado en un municipio turístico, cada día debía viajar desde su ciudad de origen hasta el municipio donde quedaba el restaurante, Su horario era de 9:00 de la mañana a 9:00 de la noche.
Doce
horas de trabajo para ella y sus compañeras.
Doce
horas de pie.
Doce
horas en una labor que, aunque muchas veces no se ve, sostiene gran parte del
funcionamiento de un restaurante: lavar la loza.
Su función era esa.
Lavar platos.
Lavar vasos.
Lavar cubiertos.
Lavar ollas.
Lavar bandejas.
Lavar todo lo que salía del servicio.
Todo
el día de pie, con el cuerpo cansado, las manos ocupadas y el ritmo acelerado
que exige un restaurante cuando empieza a llenarse.
Tenían
media hora para almorzar, pero esa media hora no siempre era realmente una
media hora tranquila. Dependía del movimiento del día.
A
veces debían almorzar antes de que empezara el servicio del almuerzo, más o
menos hacia las 11:30 de la mañana.
Otras
veces, si el restaurante se llenaba y la jornada se ponía pesada, terminaban
almorzando a las 3:30 o 4:00 de la tarde.
Todo
dependía de cuánta gente llegara y así, el horario de alimentación no era estable.
Y
aunque ella reconoce algo importante: EL PAGO ERA BUENO, No se queja de eso. Porque
además del día de trabajo, recibían parte de las propinas, y en temporadas
altas las propinas eran buenas, en términos económicos, el trabajo podía
parecer conveniente.
Pero aquí viene
la parte que muchas veces no se ve desde afuera:
Que paguen
bien no significa que traten bien.
Según
su relato, el trato hacia ellas no era el mejor y uno de los temas que más la
marcó en esta temporada laboral fue la alimentación.
La
dueña del restaurante les daba el almuerzo, en ningún lugar están obligados a
dar la alimentación dice ella, pero las porciones eran muy pequeñas, cabe
aclarar que la comida que les daban no era la misma comida que se ofrecía a los
clientes. Era algo aparte, muy básico y muy limitado.
Ella lo
recuerda así:
Dos cucharadas
de arroz.
Una papita.
Porciones mínimas.
Comida apenas para “pasar” el momento.
Pero
para una jornada de doce horas, eso no alcanzaba, no daba la energía suficiente
y aunque esto se podía resolver llevando su propia alimentación, la dueña del
lugar no dejaba llevar comida de la casa ni comprar algo afuera para comer
durante la jornada.
Entonces,
muchas veces aguantaban hambre.
Entre
compañeras se ayudaban, por ejemplo: La persona de cocina, cuando podía, les
pasaba a escondidas una papita, un pedazo de patacón, y las meseras guardaba los
sobrantes de los platos que los comensales no tocaban.
No
era por gusto, lo hacían por necesidad.
Porque
el cuerpo, después de tantas horas de pie y con tanto trabajo, pedía comida. También
cuenta que no podían tomar agua libremente, bebían a escondida.
Y
eso hacía que la jornada se sintiera todavía más pesada.
De
vez en cuando, no todos los días, les ofrecían un café en la tarde. A veces un americano
con una galletica, especialmente en temporadas de mucho movimiento, cuando el
municipio estaba en fiestas o había mayor cantidad de visitantes.
Pero
eso no compensaba el cansancio ni la sensación de estar trabajando en
condiciones poco humanas.
Algo
que también le dolía profundamente era lo que pasaba al final del día y pasaba
todos los días, pues en el restaurante sobraba comida.
Por ejemplo, se
preparaba arroz u otros alimentos durante la tarde. Si al cierre quedaba
comida, no se la daban a las trabajadoras.
No les decían:
“Lleven para
sus casas.”
Tampoco:
“Comamos algo
antes de irnos.”
No.
Según cuenta,
les ordenaban botarla.
Y eso era lo
más difícil.
Tener
hambre durante la jornada, haber trabajado doce horas, saber que esa comida
podía servirle a una trabajadora, a sus hijos o a su familia, y aun así tener
que botarla.
Ella
lo describe como una forma de humillación, no solo por la comida en sí, sino
por lo que representaba:
La
sensación de que se podía desperdiciar alimento antes que permitir que una
trabajadora lo aprovechara.
La
sensación de que el esfuerzo de ellas valía para sostener el servicio, pero no
para recibir un trato digno.
La
sensación de que el pago era bueno, sí, pero la humanidad en el trato se
quedaba corta.
Y
esta historia nos deja una reflexión importante.
En
algunos trabajos, especialmente en sectores de servicio, turismo, gastronomía y
atención al público, se normalizan jornadas largas, altos niveles de exigencia
y ritmos de trabajo muy fuertes.
Y muchas veces,
como hay propinas o el pago puede ser “bueno”, se cree que eso compensa todo.
Pero no.
El salario no reemplaza el buen trato.
Las propinas no reemplazan una
alimentación digna.
El pago no justifica jornadas agotadoras
sin condiciones humanas.
Y ninguna persona debería sentir que
tiene que comer a escondidas durante su trabajo.
Porque
el trabajo no solo se mide por cuánto pagan, también se mide:
Por cómo tratan.
Por cómo cuidan.
Por
cómo organizan los descansos.
Por
cómo respetan las necesidades básicas de quienes sostienen la operación.
Una persona
puede estar agradecida por tener empleo y, al mismo tiempo, reconocer que algo
no está bien.
Puede decir “el pago era bueno” y
también decir “el trato fue duro”.
Puede valorar la oportunidad y, aun así,
aceptar que esa experiencia la marcó.
Porque hay trabajos que enseñan, Pero
también hay trabajos que duelen.
Y esta historia
no busca señalar un restaurante específico ni un municipio en particular.
Busca abrir una
conversación sobre algo que pasa más de lo que creemos:
Personas que
trabajan de pie todo el día, con poco descanso, poca alimentación y mucho
desgaste, mientras hacia afuera todo parece funcionar perfectamente.
El cliente ve
el plato servido.
Pero pocas
veces piensa en quién lavó la loza.
Quién
corrió.
Quién
dejó de almorzar.
Quién
aguantó hambre.
Quién
terminó la jornada con dolor en el cuerpo.
Quién
sostuvo, desde atrás, la experiencia que otros disfrutaron.
Por eso, este
chismecito laboral nos deja una pregunta incómoda:
¿De qué
sirve pagar bien si en el día a día el trato no reconoce la dignidad de la
persona trabajadora?
Y usted, ¿Qué
piensa?
¿Un buen pago
compensa una jornada dura y un trato que hace sentir humillación?
¿O el verdadero
bienestar laboral empieza cuando una empresa entiende que sus trabajadores
también necesitan comer, descansar y ser tratados con humanidad?
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