MI PRIMER TRABAJO Y LA VEZ QUE CONFUNDÍ NECESIDAD CON AGUANTE
Este fue mi primer trabajo.
Tenía
18 años recién cumplidos y muchas ganas de empezar mi vida laboral. Como muchas
personas cuando consiguen su primera oportunidad, llegué con ilusión, nervios y
una idea en la cabeza:
“Necesito
trabajar.”
El
empleo era en un almacén ubicado en el centro de mi ciudad. Vendían de todo un
poco: papelería, artículos para el hogar, juguetería, decoración, utensilios,
cacharro, como le decimos popularmente. Mejor dicho, era un “todo en uno”.
Cuando
fui a la entrevista, me explicaron las funciones.
Debía
hacerme en la entrada del almacén, invitar a las personas a seguir, vender los
productos que estaban exhibidos en la entrada y, al mismo tiempo, estar
pendiente de que no se presentara ningún hurto.
Hasta
ahí, sonaba como un trabajo sencillo.
Luego
hablaron del salario.
En
esa época, el salario mínimo mensual estaba en $644.350. Pero a mí me dijeron
que me pagarían $570.000 al mes porque no tenía experiencia laboral.
También
me explicaron algo más:
“Día
que no venga, día que no se paga.”
En
otras palabras, mi día valía $19.000.
Me
dijeron que, dependiendo de mi desempeño, más adelante podrían subirme el
salario.
Después
vinieron los horarios.
De
lunes a sábado, de 8:00 a. m. a 8:00 p. m. Los domingos, de 9:00 a. m. a 6:00
p.m. y como era mi primer trabajo, inicialmente no tendría descanso. Yo acepté.
No
porque sonara justo.
Acepté
porque necesitaba trabajar.
Empecé
un 15 de enero: Ese primer día me explicaron lo básico. La verdad, el trabajo
no era difícil de aprender. Tenía que estar en la entrada, saludar a las
personas, ofrecer los productos y estar pendiente de lo que pasaba alrededor.
Al
inicio me daba muchísima pena.
Me
paraba en la entrada y decía casi entre dientes: “Pase, siga, bienvenido, a la
orden.” Debo confesar que sentía mucha vergüenza. Me daba pena que la gente me
mirara, me costaba hablar duro.
Pero
esa pena duró poco.
A
los tres días ya hablaba con más seguridad. Me aprendí los precios de los
productos de la entrada, empecé a ofrecer mejor y entendí cómo se movía el
almacén.
La
gente entraba. Se vendía. Había movimiento todos los días.
Pero
también había cansancio… Mucho cansancio. Ya que pasaba más de 12 horas de pie.
En
teoría, el horario era hasta las 8:00 p. m., pero había que llegar antes de las
8:00 a. m. para organizar y poder abrir a tiempo. Y aunque el almacén cerraba a
las 8:00 p. m., no nos podíamos ir de inmediato. Tocaba esperar a que la dueña
hiciera cierre de caja, y eso podía demorarse entre 30 y 45 minutos.
Cuando
por fin salía y llegaba a mi casa, muchas veces eran las 10:00 de la noche, no
porque viera lejos, porque me tocaba que esperar el bus hasta 45 minutos, y los
días que me iba “bien”, llegaba a las 9:30 p. m.
Y
al otro día tocaba levantarse temprano para estar otra vez, a más tardar, a las
7:45 a. m. en el almacén.
El
almuerzo duraba 15 minutos; Solo 15 minutos para sentarse, comer y descansar un
poco, pero, si en ese momento el almacén se llenaba, tocaba dejar el almuerzo y
salir a atender.
Así
pasaron los días.
Llegó
el 31 de enero, día de pago, y el pago no llegó, pasó el tiempo y finalmente,
el 10 de febrero, nos pagaron la quincena, yo había trabajado 16 días. esperaba
que me pagaran esos días, ya tenía planeado que hacer con esos 304.000 pesos.
Pero
cuando recibí el dinero, solo me pagaron 12 días: $228.000.
La
miré y le dije:
—Me
falta plata. Yo trabajé 16 días, no 12.
Ella
me miró, se río y me respondió:
—¿Quién
le dijo a usted que los días de inducción y periodo de prueba se pagan?
Me
explicó que tres días eran de inducción y prueba, y que esos no se pagaban.
No
me gustó lo que escuché, pero intenté hacer la cuenta.
Le
dije:
—Bueno,
si trabajé 16 días y me descuentan 3, serían 13 días.
Entonces
me respondió:
—En
ninguna empresa pagan los días 31. Se habla de quincenas, y una quincena son 15
días.
En
ese momento me pasaron muchas cosas por la cabeza.
Quise
responder.
Quise
decirle que en las empresas que ella nombraba sí pagaban completo, sí pagaban
los días trabajados, sí reconocían el tiempo y hasta pagaban auxilio de
transporte.
Pero
me callé.
Le
dije “muchas gracias” y seguí trabajando. No porque estuviera de acuerdo, Sino
porque era mi primer trabajo, necesitaba el dinero y todavía pensaba que tal
vez debía aguantar.
Pasaron
los meses.
Llevaba tres meses trabajando y todavía
no me daban descanso.
Yo pensaba: “Tal vez todavía no me lo he
ganado.” Hasta que un día necesité pedir permiso para una cita médica, y sí, me
lo dieron.
Pero
cuando llegó el pago, me descontaron las tres horas que me demoré.
Ahí
empecé a mirar mejor, empecé a notar que nadie descansaba, Hablé con mis
compañeros y les pregunté cómo funcionaba eso del descanso.
La
respuesta fue dura:
—Aquí
uno descansa cuando tiene algo de fuerza mayor, pero día que no trabaja, así
sea descanso, día que no pagan. Lo descuentan.
Aprovechando
la conversación, también les pregunté cuánto ganaban.
Todos
ganábamos lo mismo.
Y
todos habían escuchado la misma promesa:
“Más
adelante le subimos, dependiendo del desempeño.”
Pero
según ellos, eso nunca pasaba.
Así siguieron las cosas, pasaron dos
meses más y para ese momento ya teníamos tres quincenas acumuladas, entonces
nos reunieron.
Nos
dijeron que no podían pagarnos completa la quincena más atrasada porque las
ventas estaban malas.
Pero
nosotros sabíamos que eso no era cierto.
El almacén vendía todos los días.
Había movimiento.
Entraba gente.
Se facturaba.
Pero,
aun así, nos pagaron solo la mitad de la quincena.
Y
ahí dije: “No más.” Renuncié.
Me
sentía agotado física y mentalmente.
Había
días en los que el cuerpo no me respondía. En una ocasión sentía que no era
capaz de caminar del cansancio que tenía.
Quizás
en ese momento pensé que era flojo.
Pero
hoy lo veo distinto.
No era flojera.
Era agotamiento.
Era estar más de 12 horas de pie todos
los días.
Era no tener descanso.
Era almorzar en 15 minutos, si es que se
podía.
Era trabajar domingos.
Era salir tarde.
Era llegar a casa destruido.
Era recibir menos de lo prometido.
Era escuchar que la inducción no se
pagaba.
Era ver cómo normalizaban que el
trabajador nuevo, por no tener experiencia, debía aguantar más.
Y
esta historia me dejó una lección:
A
veces el primer trabajo no solo enseña a trabajar, también enseña a reconocer
lo que no debería repetirse, porque muchas personas jóvenes aceptan condiciones
injustas no porque no sepan que duelen, sino porque necesitan una oportunidad.
Y ahí es donde algunas empresas se aprovechan.
Se aprovechan de la falta de
experiencia.
Se aprovechan de la necesidad.
Se aprovechan del miedo a quedarse sin
trabajo.
Se
aprovechan de esa frase que muchos hemos escuchado: “Como usted está empezando,
le toca aguantar.”
Pero empezar no significa renunciar a la
dignidad.
No tener experiencia no significa que el
tiempo no valga.
Ser
joven no significa que el cansancio no duela y que necesitar trabajo no debería
convertirse en permiso para explotar a nadie.
Hoy
miro atrás y pienso que ese trabajo me enseñó mucho.
Me enseñó a hablarle a la gente.
Me enseñó a perder la pena.
Me enseñó a vender.
Me enseñó a observar.
Pero,
sobre todo, me enseñó que hay lugares donde el problema no es el trabajador. El
problema es una cultura que confunde necesidad con disponibilidad absoluta, Una
cultura donde el descanso parece un premio.
Donde el pago completo parece un favor.
Donde el cansancio se minimiza.
Donde la juventud se usa como excusa
para pagar menos.
Y donde renunciar termina siendo el
primer acto de cuidado propio.
Este
chismecito no es solo una historia de primer empleo.
Es
una invitación a preguntarnos:
¿Cuántas
personas empezaron su vida laboral creyendo que aguantar abusos era parte de
aprender?
¿Cuántos
jóvenes han normalizado que les paguen menos porque “no tienen experiencia”?
¿Cuántas
empresas siguen creyendo que dar una oportunidad les da derecho a desconocer la
dignidad del trabajador?
Y
usted, ¿Qué habría hecho en ese primer trabajo?
¿Se
habría quedado por necesidad o también habría dicho: “no más”?
Y
si te lo preguntabas, si, en la segunda quincena de febrero me pagaron solo 13 días.
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